lunes, 25 de abril de 2011

EL CASCO



A Tomás le gustaba aquel descampado. Detrás de una antigua urbanización, y casi oculto por una frondosa arboleda, yacía aquel solitario solar quemado por el sol de Agosto esperando la renovación de un terreno que nunca llegaba. Había piedras, rastrojos amarillentos, condones secos y cuarteados que seguro habían vivido épocas mejores; había insectos, colillas y jeringuillas secas y borradas por el sol cuyo dueño posiblemente hubiese ya fallecido de sobredosis hacía eones.

Y en toda esa vorágine de desolación y soledad, Tomás pasaba las tardes de aquel tórrido verano que amenazaba con echar a arder de calor la urbanización entera.

En sus humildes quince años, Tomás ya sabía que no debía andar tanto tiempo solo en aquel descampado, pero la verdad era que a sus padres poco parecía importarles que anduviese sin amigos entre aquel vergel de basuras e insectos; además, Tomás no soportaba a sus padres, y prefería la compañía del sordo rumor y del húmedo calor que siempre había en aquel solar. A veces hacía tanto calor que sentía arder la pus que infectaba sus sempiternas espinillas de adolescente que campaban a sus anchas por aquellas agujereadas mejillas imberbes...

Estaba pues Tomás deambulando por aquel paraíso perdido cuando fijó nuevamente su vista en aquel viejo casco de motocicleta que descansaba soporífero y cansado sobre un infecto barrizal lleno de mosquitos y larvas. Hacía ya unas semanas que llevaba viéndolo allí, y le llamaba la atención su antiguo aspecto y su blancura excesiva quizá provocada por el pulir constante del sol.

No era muy grande ni muy pequeño... vaya, que Tomás diría que era perfecto para él, y la verdad es que hacía unos días que venía fantaseando con la idea de sacarlo de aquel charco y probárselo para ver que tal le quedaba.

No sabía porqué demonios quería coger aquel casco, pero la verdad es que le atraía demasiado y una vez visto, ya no podía apartar su mente de él. Era como si le insultara con su extrema blancura y sus redondeadas formas, como si le desafiara constantemente a sacarlo, limpiarlo y probárselo...

Los mosquitos zumbaban y las chicharras cantaban bajo el sol implacable de Agosto; Tomás ya decidido lanza una patada al casco para sacarlo del agua y éste rueda hasta chocar con una botella vacía de cerveza y cuando agarra por fin el casco, un inmenso ciempiés se desliza por su superficie y cae a los pies del chico, que más indiferente que aterrado, propina un inmenso pisotón que hace sacar los jugos del asombrado insecto.

Tomás sacude el casco para vaciar los desperdicios y los restos de agua que quedan en su interior, y es entonces cuando le viene una vaharada mohosa de podredumbre que amenaza con hacer saltar las lágrimas de sus ojos ante tal tremendo olor. Pero él ya está curtido en esas lides y la promesa de aquel regalo es superior al asco que le embarga.... sin saber exactamente el porqué, pero decidido, Tomás se pone el casco que resulta entrar perfectamente en su cabeza, comos si hubiese sido fabricado a medida.

Es entonces cuando comprende el error... dentro del casco la pestilencia es insoportable, y el roce de su podrida espuma contra las mejillas purulentas de Tomás se asemejan al contacto con la carne fresca; Tomás da una arcada y se intenta quitar el casco, pero aquí viene la segunda sorpresa, ya que éste no cede ni un milímetro.

Una violenta arcada de Tomás culmina con un semisólido vómito dentro del casco, que se queda dentro a nivel del labio superior, cual piscina semillena, sin perder ni una sola gota por la parte inferior del casco. Los restos grumosos del vómito amenazan con invadir las coanas del niño, que agobiado y al borde del colapso nervioso, intenta no balancearse demasiado para mantener el vómito a un nivel aceptable dentro del casco para que no le invada la nariz; sin embargo, la situación es insostenible y Tomás acaba aspirando parte de su propio vómito, lo que le hace balancearse y cubrirse por completo la cara con su propia miasma; y es entonces cuando se escucha un sonoro "click" y el casco se gira unos 45 grados hacia la derecha, dejando la cabeza del chico en una posición forzada que no puede enderezar ni siquiera con las manos, traccionando del casco hacia la izquierda.

Un segundo "click" lleva el casco otros 45 grados hacia la derecha de Tomás, que siente crujir los tendones y músculos del cuello al forzarlo a una posición tan extrema. El chico se aferra desesperado al casco y tira con todas las fuerzas que dan las hazañas imposibles sin conseguir mover el casco ni un mísero milímetro; su cabeza y cuello nunca han estado en posición semejante a aquella, y es entonces cuando el tercer "click" rompe definitivamente el frágil cuello del chico, cual burdo hueso de pollo quebrado por avezadas manos de carnicero.

A partir de aquí, el proceso se acelera y se escucha un "click" cada 10 segundos, así que la cabeza de Tomás comienza a girar con aspecto de muñeca abandonada a su suerte. La sangre ya empapa la ropa del chico y el árido suelo que acoge su cuerpo... pero el casco no se detiene y los giros se siguen sucediendo cual macabra danza. Tras varios intensos minutos, el cuello se separa del tronco y el casco sale propulsado un metro hacia delante, llevando unida a su parte inferior la columna vertebral completa de Tomás.

La postal es grotesca; un triste cuerpo yaciente sin cabeza, desangrándose a su suerte, y a un escaso metro un burdo casco blanco rezumante de vómito y sangre, una filamentosa cuerda de nervio y hueso que ha sido arrancada con una facilidad pasmosa. El cuerpo, sin la columna que lo sostiene y le da forma, da la sensación de haber empequeñecido al menos medio metro, y diríase que parece de trapo.

Ahora centramos nuestra atención a escasos metros del cuerpo de Tomás, y dirigimos nuestra vista hacia un grupo de insectos negros que se mueven al compás de una danza tan instintiva como antigua. Seguimos acercando nuestra mirada y vemos que son un grupo de escarabajos peloteros, negros como la noche.... y si seguimos aguzando nuestra vista veremos que uno de ellos porta en su pata una especie de mando a distancia que maneja con presteza. Si entendiéramos su lenguaje, esto es lo que escucharíamos:

- POR FIN HA CAIDO EN LA TRAMPA ESE MALNACIDO.
- SÍ, HA COSTADO MUCHO CONSTRUIR ESE CASCO...
- ESE HIJO DE PUTA NO VOLVERÁ A HACER LA CORBATILLA A NINGÚN ESCARABAJO.
- SÍ, YO CREO QUE EL DESGRACIADO HA APRENDIDO LA LECCIÓN...

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