miércoles, 9 de febrero de 2011

EL FÉRETRO



Fue quizás por una corriente de aire helado por lo que me desperté. Era de madrugada, las 3:14 minutos de una fría noche de Octubre. Como casi cada noche, la próstata no me perdonaba. Uretra comprimida y quemazón constante... al diablo con la edad.
Me incorporé lentamente de la cama y dí un respingo al sentir el contacto frío del suelo en la planta de mis pies. Tras el "ritual de la orina", como me gustaba llamarle, sentí la necesidad de un vaso de agua, pero maldita sea la hora en que elegí vivir en un duplex de dos plantas...
La cocina estaba en la planta baja y la verdad es que me apetecía poco bajar; mañana madrugaba y tenía una importante reunión de ascenso con el jefe, pero la sed es la sed.
Bajé adormilado los escalones cuando advertí un ligero resplandor proveniente de la cocina. Quizás había olvidado apagar las luces al acostarme.
Sin embargo, mientras seguía bajando los escalones, noté que la luz parpadeaba cada tres o cuatro segundos, con un ligero destello azulado. Me embargó un escalofrío por la sensación de irrealidad que me asaltó, probablemente debido al duermevela en el me encontraba.
Al llegar a la planta baja distinguí los muebles del salón iluminados por el constante parpadeo de la luz proveniente de la cocina, cuya puerta estaba entreabierta y me sobresalté al ver la cualidad cuasi espectral de la luz. O bien la barra de luz se estaba fundiendo o lo que provocaba la luz no era la lámpara...
El sueño se me pasó de golpe, pero asaltándome la duda de si en verdad no estaba soñando. Rocé con mis dedos el pomo de la puerta y la empujé suavemente hacia el interior...
El féretro estaba allí, apoyado en una especie de mesa camilla con ruedas y flanqueado por cuatro velas eléctricas con sus cuatro correspondientes brazos ornamentados. Al fondo de la habitación la pequeña nevera y la mesa comedor; a la izquierda la alacena; a la derecha el pequeño armarito y en el centro aquel féretro. ¿Un féretro?...
Me pellizqué repetidamente el brazo convencido de que estaba soñando, pero la visión no parpadeaba ni desaparecía: se trataba de un ataud lacado y brillante, oscuro como la noche de los tiempos, sin inscripciones ni bajorrelieves... sólo una fría caja de madera.
El sudor manó de golpe de cada poro de mi piel; el ominoso frío me contrajo las fosas nasales y la ansiedad se apoderó de mi corazón, iniciando una poderosa cabalgada que amenazaba con destrozarme el ventrículo. Titubeé dos pequeños pasos en dirección al féretro, convencido todavía y quizás esperanzado en que el sueño era tan real que todavía no me había percatado de sus poderosos efectos.
Rocé con la punta de mis dedos la fría superficie nacarada, mientras la luz seguía parpadeando y zumbando en su espectral tono azul. Una llave sellaba el féretro por su lado izquierdo, y armado de valor le di la vuelta. El click de la cerradura resonó en la fría cocina y me hizo temblar todavía más.
¿Qué hacía aquel féretro en el centro de mi cocina, en plena madrugada y flanqueado por unas luces eléctricas sin conectar a ninguna fuente eléctrica...?.
Decidido a resolver el misterio, agarré la pequeña asa del lateral y volteé la tapa del ataud...
Sonreí nerviosamente extrañado, al contemplar otra tapa nacarada debajo de la que había abierto; sin duda era otro ataud dentro del primero, encajando perfectamente en el espacio vacío que dejaba el anterior. El aspecto del segundo ataud era similar al primero y reprimiendo mis impulsos de salir corriendo agarré la tapa y la abrí tal y como había hecho anteriormente.
La mandíbula se me descolgó y tuve la sensación de que iba a tener que recogerla del suelo, al ver un nuevo ataud dentro del anterior, cual muñeca matrioska que me desafiaba abiertamente.
Creo que en esos instantes perdí definitivamente la poca cordura que me quedaba y mi cerebro quedó reducido a su mínima expresión; volví a abrir la nueva tapa para encontrarme otro ataud más pequeño, y otro, y otro, y otro...
Delante de mis ojos, tras 45 tapas de abiertas, tenía un pequeño ataud que por vez primera difería de los anteriores: su madera era color blanco hueso y desprendía un ligero olor a cedro recién cortado.
Perdí el tono muscular por la impresión y tuve que apoyarme en una de las parpadeantes luces hasta recobrar la compostura. Recordé que mañana cumplía 46 años y tenía la sensación de que aquel ataud sería el último que abriría.
Con lágrimas en los ojos volteé la pequeña tapa.
La criatura del interior del ataud era sin duda un feto, pero añejo y emponzoñado por el paso de los años. Su textura a la vista era acartonada y parecía que se convertiría en polvo al menor contacto. La piel curtida estaba combada hacia dentro, y la zona de las fontanelas en el cráneo carecía de piel, dejando a la vista profundos huecos como cuevas que parecían perderse en el vacío infinito del interior del hueso.
Reconocí a la figura. Tenía una marca de nacimiento en el cuello como la mía, que le recorría serpenteante el cuello hasta acabar en la zona media del tórax.
De repente, la figura adquirió movimiento. Con un ligero crujir como el rozar de viejas sábanas de hospital, enderezó su cuello y dirigió su mirada vacía hacia mis llorosos ojos.
La boca retraída de aquel añoso feto emitió un hálito de siglos y con trémula voz dijo:
- De la cuna a la tumba... condenados al olvido. Uno tras otro, uno tras otro... (por debajo de la grave voz se escuchaba un gorgoteo que semejaba los pulmones encharcados de un moribundo).
La figura pareció sonreír, y ese fue el momento en el que definitivamente me volví loco. Mis dos hemisferios se fundieron en uno solo, adquiriendo consistencia pastosa y retrotrayéndose a su edad reptiliana primigenia. El feto continuó hablando:
- Y los hijos de tus hijos enterrarán a sus padres y los llantos engendrarán los mares que cubrirán las tierras baldías de la soledad. Rechinarán los dientes los resucitados y molerán sus esmaltes hasta quedar sólo la fría encía. Los viejos se verán jóvenes y olvidarán el tiempo intermedio, y los jóvenes se verán añejos y llorarán la fría desesperación de la enfermedad. El tiempo perderá linealidad y se hará círculo, y los bebés se acompañarán a ellos mismos en su duelo de muerte a los pies de su propia tumba. Mausoleo de siglos por los siglos de los siglos.
De la cuna a la tumba...

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