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domingo, 21 de junio de 2026

BACKROOMS de KANE PARSONS (ESTADOS UNIDOS / CANADÁ, 2026)

Con los dedos de una mano cuento las veces que han surgido películas que gustando más o menos al respetable, considero `de culto´ e `inmersivas´ desde el mismo momento en que se proyectan. No me atrevería a decir que Kane Parsons haya cambiado ningún paradigma `per se´ con su potentísima Backrooms pero sí que ha sabido congeniar elementos novedosos de una forma muy inteligente en una pantalla que se traga al espectador. Sobre el concepto de las Backrooms no voy a entrar porque es carne de internet y ahí tenéis cientos de horas para alimentaros (también sobre el cortometraje y serie); voy a lo cinematográfico en la medida de mis posibilidades. Al fin y al cabo, todo esto de las leyendas urbanas podría extenderse en un texto demasiado farragoso donde hablaríamos de The Ring y Dark Waters (con su consabida extensión hacia el caso real de Elisa Lam), el recurso de hacerse pasar por `snuff´ de Holocausto Caníbal y la exhaustiva campaña mediática de `The Blair Witch Project´. 

La Kenopsia (Koenig, 2021) es un término que se acuña para una sensación a la que se le pone etiqueta relativamente de forma reciente pero que es tan antigua que se hunde en la noche de los tiempos. Los espacios vacíos y la congoja del abandono / semiabandono de sitios cuya función habitual es estar plagadas de vida. En su reverso tenebroso, se vacían de manera extrema cuando se asocian a los llamados `Espacios Liminales´ añadiendo otro elemento en discordia... el Umbral. Parsons juega con todo eso con una brutal frescura y desparpajo sabiendo medir potentísimos tramos de puro y duro `found footage´ con otros de una plasticidad tan marcada que es inevitable no remitirnos al Cube (1998) de Vicenzo Natali. En un primer tramo se usa acertadamente el VHS y fotogramas cargados de grano, todavía estamos anclados en cierta forma a la realidad, pero flota en el aire una sugestiva sensación de que algo no va bien. Evidentemente, cuando todo se quiebra y se empieza a masturbar a Euclides es cuando ya uno pierde pie, o pierde pie relativamente porque creo que en el fonde a Kane Parsons se le ha abierto el monedero en el último segundo y lo que podría haber sido una de esas películas para unos pocos, ha acabado en fenómeno mediático con todo un sustrato potente detrás. Si no hubiera sido así, no habría llegado ni por asomo al circuito de salas cinematográficas comerciales.

No se necesita demasiado para arrancar. Un arquitecto fracasado con una tienda de muebles poligonera y una traumatizada psicoterapeuta apuntalan la estructura rizomática que se nos viene encima sin dar demasiadas explicaciones. Al más puro estilo de la novela La Casa de Hojas de Mark Z. Danielewski (2013) pero en modo minimalista, una simple ranura en la pared da paso a una narración levemente `ergódica´ y metaficcional pero lo mejor de todo, nunca utópica, cosa que para mi gusto refuerza más el desasosiego que lo imbuye todo con ese filtro amarillo pálido brutalmente enfermizo (esto no es Ballardiano ni por asomo). Con todo, quisiera recalcar que usa cosas ya vistas de forma previa, especialmente muy trabajadas en el siempre injustamente vapuleado `found footage´ que es el que más suele atreverse con las estructuras narrativas alternativas. La potencia de Backrooms reside en su (valga la redundancia), potencial inmersivo y es que al igual que con la eclosión del mejor `found footage´, si entras dentro y conectas en modo "velcro sensorial", ya simplemente es dejarte llevar por la insania.

Es complejo y arriesgado cambiar las reglas del juego o darles un quiebro donde lo neuronal se convierte en plausible, y es ese momento en que Backrooms se transforma en un cuadro de Escher, una incursión salvaje en arqueología urbana de espacios abandonados o incluso toques narrativos a Primer (2004) de Shane Carruth. Esos tres elementos son un Puzzle cinematográfico que además cuenta con una poderosa realización visual merced al ictérico laberinto de habitaciones, posibilidades y recuerdos (imposible no sacar a relucir a Lynch). Recuerdos.... porque aquí se añade el recuerdo, el vacío de lo que queda, la impronta de lo que fue (esa mano grabada en la piedra) como ladrillo que se añade a esas habitaciones interminables que se van generando de forma azarosa.

Es muy complejo hacer cine de terror hoy día y que resulte innovador. Los miedos fueron escritos hace mucho y narrados de mil y una maneras, pero Backrooms tiene un hálito diferente (quiero eludir el término `creepypasta´) porque toca con acupuntura magistral zonas inhóspitas de nuestra red neuronal. Una oda a la Kenopsia como digo con un excelente Chiwetel Ejiofor, la presencia siempre magnética de Renate Reinsve y como colofón, Mark Duplass, actor que siempre me ha gustado mucho desde aquella Creep (2014) y sus siguientes partes. 

Sin el cierre que posiblemente le hubiera gustado a Parsons, pero que creo que aun así sí que le queda bastante bien, Backrooms se erige en algo mucho más complejo que las leyendas urbanas sobre una fotografía, cosas que habitan en Minecraft y fenómenos equivalentes. En un segundo arco se abraza sutilmente en Body Horror en un frenético in-crescendo, fotogramas que se te quedan grabados en la retina y es que al fin y al cabo.... ¿quién no ha soñado alguna vez que bajaba por una escalera que nunca terminaba?


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